La semana pasada fui a la FNAC de Callao a hacer unas compras. Cuando salí me encontré con un hombre al que había visto alguna que otra vez por la zona. Me contó que venía de Estados Unidos. También me dijo que había estado en Nueva York y que añoraba su Kansas natal que él considera la auténtica cuna del Jazz y no Nueva Orleans. Me dijo que estaba en esa situación por culpa de una mujer y también me contó que era el mejor saxofonista del mundo. No sé si será el mejor, pero que está entre los mejores, es un hecho indiscutible.

Este hombre de 70 años, y que según lo que encontré por la red de redes con una enfermedad en las manos y que fue considerado el mejor saxo allá por los años 50, tiene mucho que ofrecer al mundo. Su música es como un arcoiris en medio de la jungla de asfalto que es esta ciudad. Me conmovió tanto su historia que decidí comprarle dos de los tres cds que tiene para sacarse algo de dinero aparte de la limosna que le dan los transeúntes. Tras escuchar uno de ellos, creo que no es justo que alguien del talento natural que destila este hombre acabe en la calle, sobreviviendo con las monedas que le brindamos los peatones que por allí pasamos. En un mundo en el que lo que impera es la mediocridad, encontrarse con alguien como él es un soplo de aire fresco. Señores del mundo: con más gente como él, éste sería un mundo infinitamente mucho mejor.